lunes, 4 de mayo de 2015

El Pleno Empleo
(Ensayo)

“El pleno empleo es un concepto económico que hace referencia a la situación en la cual todos los ciudadanos en edad laboral productiva —población activa—, y que desean hacerlo, tienen trabajo. En otras palabras, es aquella situación en la que la demanda de trabajo es igual a la oferta, al nivel dado de los salarios reales. (Wikipedia)

ANÁLISIS

Para que exista pleno empleo  deben existir empresas en las cuales existan, a su vez, posiciones disponibles para emplear esos trabajadores que desean ingresar. Para ello, es necesario que el sistema educativo produzca esas capacitaciones, esas especialidades técnicas y habilidades que son indispensables para satisfacer los requerimientos de los baremos de los cargos.  Antes, el estado debe proveer las condiciones para que los factores productivos puedan ser aplicados  a la creación y desarrollo de ese aparato productivo y, mucho antes en esta cadena de eventos, el estado debe crear y mantener políticas públicas muy claras y estables, las cuales estimulen, fomenten y apoyen al empresario en sus necesidades de apalancamiento para sus empresas, para la importación de sus materias primas, tecnologías y equipos, o para la compra de las mismas, si éstas existieran en el país.

Todavía -ex antes- se supone que en la mente de los líderes nacionales existe la voluntad política para apoyar estas iniciativas y que hay respeto a la propiedad, al estado de derecho y a la iniciativa privada. Para esto, la visión económica del modelo empleado debe ser consistente con estos parámetros. En un estado donde los líderes se dicen socialistas para disfrazar su ideología comunista, no puede haber respeto ni observancia a estos conceptos emitidos.  

Por las rezones indicadas es que lo que está sucediendo no es sino la resultante eficiente del modelo adoptado, un modelo donde los factores productivos han sido apropiados por el estado, el cual ya ni siquiera los expropia, sino que los confisca y luego abandona las empresas en manos de quienes no están capacitados para operarlas y éstas fracasan en tres meses. Si no hay respeto a la propiedad privada, y si se irrespetan los principios esenciales de la ciencia económica, es imposible producir nada.

Es que la producción es la resultante de una cadena de eventos y de pensamiento y acción política y económica correspondiente. No es un resultado mágico, y no se puede esperar que sólo la buena voluntad o los buenos deseos de algunos románticos trasnochados logren hacer producir el aparato productivo de una nación, sólo con palabras altisonantes y eslóganes.

Hablen con alguien que de eso sí que sabe, como pudiera ser el CEO de Empresas POLAR, Lorenzo Mendoza, quien aún en las peores condiciones de falta de un estado que se alíe con sus empresarios y sufriendo persecución constante, bajo presiones indebidas a sus empresas, con el SENIAT encima, aun así pone a producir su 48 % de la infraestructura del ramo que él tiene, para darnos más del 100 % de efectividad en su industrias y ponernos una arepa con mantequilla en el plato de cada venezolano, todos los días, y una cervecita los viernes en la tarde. El estado, por su parte, no produce nada con el 52 % restante en sus manos.

Como ven, en este enfoque sistémico o de espina de pescado propia de la disciplina de CALIDAD TOTAL se deben dar todos estos procesos mentales y reales, indispensables para que la teoría keynesiana del pleno empleo se origine y evolucione en creación de riqueza para después distribuirla, para satisfacer las necesidades de bienestar y de felicidad del pueblo.

En el modelo keynesiano (quien dijo que “no es verdad que los individuos poseen, a título prescriptivo, una libertad natural en ejercicio de sus actividades económicas”) el estado interviene, de manera dosificada, en la economía (le competía al Estado lograr el pleno empleo: incrementando el gasto, reformando el sistema fiscal, mejorando la distribución del ingreso y regulando el comercio exterior), para garantizar este pleno empleo; es decir, no es el caso del modelo de Adam Smith o de libertad total, el cual supone dejar al mercado que obre su profecía del equilibrio ulterior entre las corrientes de bienes y servicios producidos (oferta) y la  monetaria que le contrapesa y en la cual se encuentra la demanda final de los individuos que necesitan dichos bienes y los reclaman. Este modelo privilegia al CAPITAL en perjuicio del TRABAJO.

Necesitamos uno donde haya un ciudadano con capacidad adquisitiva y con la seguridad de que encontrará los bienes que necesita y, por tanto, la baja inflación resultante porque hay suficiente oferta agregada y hay demanda en cantidad agregada equivalente.

No obstante, el modelo de Adam Smith (quien vio a la economía como un todo orgánico, natural, que a través del mercado tiende a un equilibrio)  ha probado ser muy bueno para producir; pero, muy malo para distribuir. El modelo Keynesiano aspira a reducir los costos de producción y al mismo tiempo distribuir la riqueza de manera más justa. Para ello, hacer todo cuanto sea necesario para que la economía emplee a full capacidad sus potencialidades, que intervengan al máximo los factores productivos y que los ciudadanos puedan encontrar empleo productivo. Es un modelo de optimización de variables. (Las políticas keynesianas tampoco significan que la intervención del Estado consista en el salvataje de aquellos mismos sectores, empresas y bancos que provocaron la actual crisis y el posterior ajuste de los ingresos de la mayor parte de la población. Está muy lejos del pensamiento de Keynes subvencionar al mercado financiero y rebajar salarios y jubilaciones).

En el modelo ecléctico que propongo (ya existente ya aplicado con éxito en países avanzados) la fórmula mágica para esto es:
 “Tanto estado como se necesario y tan poco como sea posible”.

Un estado en el cual los ciudadanos contribuyan al fisco (un estado que viva de los ciudadanos y no al revés) y donde el aparato burocrático sea el más pequeño posible, lo suficiente para que se pueda administrar eficientemente la necesaria burocracia (entendida como organización de procesos, no como peajes arbitrarios con funcionarios corruptos que se aprovechan de ella); porque, debemos estar claros que los empleados públicos absorben buena parte de esos ingresos, en lo que se conoce como gasto público, o gasto corriente. Si esto es así y si la producción nacional es alta, la necesidad de complementar los ingresos para equilibrar el presupuesto es, consecuentemente, mínima y los impuestos serán más bajos.

Estas son políticas sanas de gobierno, para garantizarle al pueblo que no sólo se crea riqueza, sino que esta puede y es distribuida de manera equitativa u optimizada, entre las muchas necesidades abundantes y competitivas entre sí, que significa mantener a un estado funcionando y, al mismo tiempo, satisfacer las necesidades de la población.

Lo gobiernos deben pensar en estas cosas y pensar que la economía tiene sus propias categorías, sus códigos y sus reglas, que son de suma importancia o de importancia vital observar, para el buen funcionamiento de un país. Con razón el presidente Bill Clinton tenía un letrero sobre su escritorio donde podía leerse la frese: “La economía estúpido” como para recordarse cada día que había que prestarle interés a esto.
Fue tal su éxito que su affaire con la pasante Mónica Lewinsky fue disimulado y todos cerraron un ojo ante su desliz; pues, la economía nacional estaba  en muy buenos indicadores macroeconómicos y sus políticas de bienestar lograban efectos de calidad de vida en su población al ser distribuidos, aguas abajo, en  buenos servicios públicos para todos.


Por cierto, ni Adam Smith, ni John Maynard Keynes fueron meramente economistas. Entendieron la ciencia económica como formando parte de saberes más amplios que permitían una comprensión de las sociedades de su tiempo y de la naturaleza de los individuos que las constituían.

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