domingo, 7 de junio de 2015

UNA DE PEROGRULLO

Hay una pequeña diferencia, no tan sutil, entre Buhonero y Bachaquero. En mis tiempos mozos, un buhonero era un trabajador informal quien adquiría al mayor algunos víveres y diversos artículos (considerados baratijas o de mala calidad) y los vendía más baratos en las calles, sobre las aceras, donde eran perseguidos porque representaban una competencia, que llamaban desleal, al comercio formal; porque, no pagaban impuestos, ni tenían los gastos “overhead” propios de una empresa del comercio organizado.

En un cierto momento, los mismos comerciantes tenían sus testaferros buhoneros en las mismas aceras al frente de sus negocios.  Es decir, cortaban orejas y rabo, o como las hojillas Gillette, cliente que se le “pasaba” o escapaba del negocio, su propio buhonero lo “repasaba”. En Puerto Cabello, en razón directa de su naturaleza de puerto y cercanía con islas como Curazao y Aruba, se venden, ya no baratijas sino ropa de marca y perfumes, incluso el whiskey,  de buena calidad a precios muy asequibles y la cosa se transformó; pues, venia gente de todas partes no sólo a comprar, sino a vender como buhoneros. Las calles se abarrotaban y no se podía circular y, a lo largo de los últimos años, hay que reconocer que se han tomado medidas para reorganizar este comercio en nuevos espacios construidos al efecto, lo que transformó el mercado original y lo elevó a ser un suerte de centro comercial  a cielo abierto. El viejo mercado municipal (insuficiente) quedó de ornato y recuerdo turístico. El mercado de Tejerías sigue adelante y el nuevo, el Mercado de la Noria, adosado al terminal de pasajeros de igual nombre, no parece calar en el gusto ni de los buhoneros ni de la clientela; pero, esto es harina de otro costal  y no del presente escrito. Eso sí, las calles están desalojadas de buhonería y se puede circular.

Este buhonero, que mi hermano en Caracas graciosamente llama "buhonegros", representaba una suerte de héroe popular a lo Robin Hood, quien ayudaba los venezolanos a redondear la arepa. Ellos no gozaban de las prestaciones sociales de un empleo productivo formal, con seguridad social (salud y pensiones), pero tenía que pagar la vacuna del funcionario que se hacía de la vista gorda para dejarlo operar en su “punto”.

Por cierto, en un cierto momento el gobierno, agobiado por las críticas de la oposición por el alto nivel de desempleo, decidió incluir  a los buhoneros en su novedoso baremo de clasificación de actividades productivas y lo considero empleo formal, para engrosar sus amañadas estadísticas. Aún recuerdo el día que el ciudadano Eljuri, presidente del Instituto Nacional de estadísticas (INE), publicó la cifras de desempleo la cual rondaba el 45 % y el difunto le armó un zaperoco en público y al siguiente día realizó los arreglos necesarios, como por arte de birlibirloque, para llevarlo a un 12 % y prometió que pronto sería de un digito.  El argumento del presidente era que esos buhoneros eran trabajadores tan dignos como los comerciantes y merecerían libertad y apoyo del gobierno. Es decir, un poema de populismo y demagogia a los que nos tenía acostumbrados.

El 19 de diciembre de  Elías Eljuri declara estas perlitas: “Hasta noviembre de 2011 el desempleo en Venezuela se ubica en 6,2%, índice que muestra una reducción de 1,5 puntos porcentuales al compararlo con el mismo indicador para 2010, que entonces fue de 7,7%” “Eljuri destacó que el índice de desempleo se ha reducido progresivamente desde la llegada del presidente, Hugo Chávez, en 1999”.

El caso es que con la destrucción del aparato productivo perfeccionado en 15 años desgobierno, el desabastecimiento y a la escasez, combinada con una bestial inflación, nos lleva a la estanflación que nos abruma, y es el signo de la grave crisis por la que atravesamos.

Bien lo dice Samuelson, premio nobel de economía, que la respuesta racional del comerciante es la de comprar cuanto pueda y depositar estos bienes para irlos ofreciendo en la medida en que le sea rentable, lo que incide en los aumentos de los precios de mercado. Baja oferta y alta demanda producen altos precios, simple, ¿no?

Como bien me apunta mi economista privada, mi capitana y patrona, el nuevo buhonero o bachaquero, ante la ausencia de empleo formal, se rebusca y el gobierno no lo persigue de un todo, porque no pueda ofrecerle empelo productivo. Ya es el jefe de casa, mujer u hombre, quien sale a la calle y hace colas y compra lo que sea, para revender. Ahora a precios más caros y el único que se beneficia es él o ella, e indirectamente el gobierno, porque el bachaquero repite. “Así, así, así es que se gobierna”.

Este comerciante informal ya no es solo aquel que tenía los “puntos” establecidos en la ciudad, sino que pasó a ser todo aquel que tuviera algún dinero y contactos en las cadenas de distribución para adquirir de todo y llevarlo  nuevos puntos; pero, en las ciudades fronterizas o en los mismos puntos acostumbrados; pero, ¿adivine qué?, ahora a precios más caros que lo que era la práctica común de un comerciante informal del pasado.


La práctica no solo se aplica a los víveres y demás mercaderías, sino que llegó a ser la de adquirir, en connivencia y cohecho con el alto funcionario, dólares a 6,3 bolívares y revenderlos al precio del mercado negro o paralelo. O sea, nació la buhonería o bachaquería del dólar. 

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